No vas a salvar a todos


No vas a llegar a todos. Pero a alguien podés cambiarle el día, la carrera o la vida.

Hay un cuento muy conocido que vuelve a mí cada tanto.
Y cada vez me pega distinto.

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar, en una enorme playa, donde tenía una preciosa y acogedora casita.

Allí pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para sus libros.

Era un hombre inteligente y muy culto que, además, decía tener una gran sensibilidad sobre las cosas importantes de la vida.

Una mañana, mientras paseaba por la playa, vio una figura que se movía de manera extraña, como si estuviera bailando. Al acercarse, vio que era un muchacho que se dedicaba a recoger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar, donde pertenecían.

—¿Qué haces, jovenzuelo? —preguntó el escritor.

—Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar —respondió el chico. —La marea ha bajado demasiado y si no lo hago, muchas morirán.

—Ay, alma cándida, esto que haces no tiene sentido. ¿No ves lo grande que es esta playa? Hay miles de estrellas y nunca tendrías tiempo para salvarlas a todas. Lo que yo te diga: no tiene sentido. —replicó el escritor.

Entonces, el joven lo miró fijamente, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con toda su fuerza por encima de las olas y exclamó:

—Para ésta… ¡sí tiene sentido!.

Entonces, el escritor, desconcertado y no sabiendo qué responder, se marchó ofendido a su casa y se encerró en su habitación.

Y allí estuvo el resto del día sin poder escribir una sola línea, pensando en lo sucedido por la mañana, primero desde el orgullo, después desde la comprensión.

Llegó entonces la noche y, como su cabeza no paraba de dar vueltas pensando en el chico de las estrellas, no podía conciliar el sueño.

Pero entonces, en un momento de lucidez, entendió el porqué… Y se durmió.

A la mañana siguiente madrugó más que nunca.

Desayuno, corrió rápidamente a la playa, buscó al joven y le ayudó.

Con él, ya eran dos Lanzadores de Estrellas los que hacían la diferencia.

El Lanzador de Estrellas, de Loren Eiseley.

Ese cuento, tan simple, dice mucho sobre la vida moderna.

Vivimos en una época obsesionada con la escala.
Con los números.
Con el alcance.
Con la visibilidad.
Con cuánto impacto generaste, cuántos te siguieron, cuántos te aplaudieron.

Y en medio de esa lógica, a veces olvidamos algo esencial:

Muchas de las cosas más valiosas no se miden en masa o en cifras: se miden en profundidad.

En liderazgo pasa todo el tiempo.

Tal vez no puedas transformar toda la cultura de una organización en una semana.
Tal vez no puedas motivar a todos.
Tal vez no puedas evitar todas las frustraciones.

Pero quizás sí puedas hacer algo por una persona.

Escuchar de verdad a alguien que nadie estaba escuchando.
Dar un feedback que le devuelva confianza.
Frenar antes de reaccionar mal.
Tener una conversación incómoda, pero necesaria.
Reconocer un esfuerzo que pasó desapercibido.
Tender una mano cuando el otro estaba por soltarse.

Y eso, aunque no esté en el reporte, sí cambia algo.

En una época de automatización, velocidad y distracción, esta sigue siendo una ventaja humana enorme:

Hacerle sentir a otro que importa.

Quizás no podamos cambiar el mundo entero hoy.
Pero sí podemos cambiar la experiencia de alguien en nuestro metro cuadrado.

Y así empiezan las cosas importantes.

Con una persona que se agacha, levanta una estrella y decide que, aunque no pueda con todas, con esa sí va a hacer algo.

Ese gesto, en la vida y en el liderazgo, sigue teniendo sentido.

¿Qué vas a hacer hoy, en tu metro cuadrado?


Mentorías

La mentoría grupal de liderazgo ya va por la sesión 2, con gran éxito. Representantes de Ecuador, México, Argentina y Colombia, que traen sus casos y preguntas reales en cada encuentro. Cada semana, se llevan un reto para aplicar.

Las mentorías individuales también muestran avances notorios. Vemos acciones concretas y mayor seguridad y foco en cada líder.

Me reconforta.

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Un abrazo, buena semana,

Diego Dalman

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